
De la música y de la poesía amamos lo que no pertenece a este mundo o lo que en la intención de llegar a él, nos muestra las huellas casi invisibles de su paso.
Yo diría (sin querer ser pedante en exceso) que la música de Artero está en los huesos de ese instante y es testigo. La música de Artero quiso ser el tranquilo nido de agua de un barco, mientras balanceaba sus pies de astronauta en el espacio sideral, que dicho sea de paso, encontró poco hospitalario. Pero, no teman, no les hablará exactamente de la intriga de un recuerdo que acaba de aparecer con toda su carne entre las notas, más bien se los llevará consigo para probar un nuevo elixir y planear el asalto de algún cielo, todavía sin descubrir.
Para los que disfrutamos la música y el instante suicida en el que pervive, no debiéramos perdernos esa lámina blanca que nos presenta, pues sabemos del cauce inencontrable de los días, sus difíciles afluentes y las raras aves que lo siguen poblando.

