06 marzo 2010

¿HACIA DÓNDE?

Que la voluntad del trabajador esté sometida a la falta de responsabilidad de la empresa, es un problema que está tomando una magnitud considerable en los tiempos que corren.
Con alguna luz y muchas sombras, los convenios sitúan una base de regulación que intenta comprender y cohesionar la relación trabajador-empresario, estableciendo las partes más evidentes y sensibles de esta relación, en la que desgraciadamente quedan espacios intermedios de “legalidad” que impiden una defensa efectiva de los derechos de los trabajadores y en algunos casos, por supuesto, el de los propios empresarios.
Cuando queremos hablar de exigencia (porque debiéramos exigir la voluntad de un acuerdo entre las partes), todo toma un cariz de tremendismo que tampoco ayuda a resolver los conflictos que a diario ves y te cuentan. Se trata de resistir y no desistir en la participación y en la responsabilidad. Soy consciente de este problema porque lo vivo en mi y en los demás compañeros que trabajan conmigo. Está en las conversaciones de amigos y conocidos y es algo más terrible de lo que pueda parecer, por la situación de indefensión absoluta que aflora en multitud de casos.
Que el derecho de tu defensa sea una lucha por desgaste en el tiempo, entre magistrados y pleitos interminables, todavía desequilibra más la balanza a favor de quien tiene la posibilidad de aguantar. Pleitos a menudo "abiertos" a la interpretación de estos conflictos y que casualmente y en la mayoría de los casos (aunque se ha avanzado algo), “interpretan” mejor al empresario que al trabajador por mucho que pueda parecer lo contrario.
Del gran y evidente conflicto con la superestructura económica y el descrédito de los ciudadanos por aquello que llamaban democracia, se podrá deducir en un futuro la "estética" de sus consecuencias.
De nada valdrá decir que se había aplicado un convenio u otro y que había un gran marco de acuerdo.
De nada valdrá confundir más a la gente con campañas religioso-mediáticas de integración en grandes organizaciones, en las que todo nos/les irá mejor, fruto de cohesiones que nadie entiende y ninguno explica.
De nada valdrá la continua amenaza de la ausencia de responsabilidad del ciudadano y el consecuente deterioro del argumentario social que podemos ver en Telefuncionario. Si bien todo comienza en el individuo que se dirige a la sociedad, la recuperación de la dignidad no será una tarea fácil para las sociedades futuras.
No habrá más que leer en los silencios de todos aquellos que no tuvieron más remedio que aguantar y apretar los dientes.

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