“Cada momento perdido
es la vida. Es incognoscible, excepto para nosotros mismos, cada uno de
nosotros inexpresablemente, este hombre, esta mujer. La infancia es la vida
perdida y reclamada segundo por segundo, dijo. Dos niños solos en una
habitación, muy tenuemente iluminada, gemelos, ríen. Treinta años más tarde,
uno en Chicago, el otro en Hong Kong, son el desenlace de ese momento.
Un momento, un
pensamiento, que está y ya no está, cada uno de nosotros, en una calle de algún
lugar, y eso es todo. Es lo que llamamos yo, la verdadera vida, dijo él, el ser
esencial. Es el yo en el blando revolcadero de lo que sabe, y lo que sabe es
que no vivirá para siempre.”

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