La semana pasada falleció José Luis Brea.
Aunque no tuve la oportunidad de volver a verlo tras la facultad. Seguí sus pasos a sabiendas de que no todo fue el tiempo que pude aprovechar cuando tuve tiempo.
Todos los que lo tuvimos de profesor sabemos, que tras aquel hablar encriptado y monocorde de su voz, existía la voluntad tenaz de habilitar un mapa con infinitas proposiciones, un contexto en el que despiezar esa otra gran revolución que junto al lenguaje y su capacidad de representación, convoca la tecnología a través del arte.
Discurso para razonar entre discursos, sobre los medios y las auras que se enfriaron o se volvieron tristes, sobre el conocimiento escurridizo del pulsador y la tecla, pero también, el del contexto que manifiesta la negatividad de su autoestima, aquella que previsiblemente compone y transforma las nuevas sociedades (la nuestra), a través de la Web, aunque no estemos de acuerdo o sospechemos que tan solo es un principio y que el arte, en realidad, ha muerto con una memoria a largo plazo, sin especular sobre la supuesta dignidad de su desaparición.
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